E U T A N A S I A
"la vida es imprecisa, déjate caer…" - Los Tres
Algo en la rapidez con que alcanzó la vigilia total, despejada y enérgica, le anticipó un día diferente..
Le extrañó un tanto esa singular sensación ya que hacía mucho tiempo no tenía despertares pesados o somnolientos. ¿Por qué hoy, tenía esa sensación de triunfo? Regularmente el despertador era un instrumento repudiable por lo molesto de la idea de abandonar el dulce bienestar que la tibieza y suavidad de las sábanas provocaba en su paso del sueño profundo a la previgilia. Esta vez en cambio, casi esperó el sonido del despertador, aburrido tal vez de la plana e insípida semiconsciencia. Nada lo turbaba, nada lo preocupaba. Casi sentía una lejana envidia de los problemas que se agolpaban en las vidas de los que aparecían en los noticieros, que cada noche observaba distraído, mientras cenaba. Alzó los ojos y fijo la vista en el techo, la blancura inmaculada, la perfección de las molduras que conectaban el cielo con las paredes. Era un buen trabajo, prolijo, de calidad. Y la pintura de las paredes, estucadas con pastas terrosas, cálidas, texturadas. No había manchas, grietas, fisuras cinceladas por el tiempo o por algún ajetreo infantil o un arrebato telúrico. Nada. Todo lucía recién hecho, terminado ayer. Lo inquietó la idea de que no faltaba ya nada por hacer. Las cortinas de visillo, delicada y matemáticamente calculadas se mecían suavemente en la esquina donde había dejado la ventana levemente entreabierta para que el fresco aire nocturno lo ayudara a conciliar un buen sueño. Y así había sido, había dormido perfectamente bien. Lo sentía en cada uno de sus renovados poros, sus tensos y vigorizados tendones, sus músculos jóvenes y tonificados, sus anhelantes pulmones. Se sentía como un felino, acechante y listo para saltar y correr tras una presa.
Comidas siempre livianas, no se permite un desequilibrio que bien sabe, siempre le provoca una mala noche, una tarde pesada, un malestar abdominal, una pesadez en la cabeza y algún entumecimiento de los miembros. Eso lo tiene claro. Con el tiempo había llegado a conocer de tal forma el funcionamiento de su cuerpo en relación a los alimentos, que sabía con precisión qué podía comer, en qué cantidad y cuándo. Por eso ya no comete errores, balancea su alimentación de una manera que haría la envidia de cualquier nutricionista. Ausencia total de grasas, mucha fruta y verdura, sólo carnes blancas y pescado. Todo en medidas casi profesionales. Todo cocido con virtuosismo. En la cocina, nadie le gana. El mismo prepara sus alimentos, cuece todas las verduras al vapor y sólo por el tiempo justo para que queden tiernas y así conserven toda su carga vitamínica. Usa poca sal, casi nada. Carnes de ave a la plancha, algunos cereales y gramíneas complementaban su dieta. Pan integral, una copa de vino o dos al día y mucho jugo de frutas, sin azúcar ni endulzantes artificiales. Se permite algún helado, algunos trocitos de chocolate o unas almendras tostadas. Cuando hay que beber una cerveza con amigos u ocasiones sociales, sólo toma una y la bebe con delicada cadencia y calma. Su alimentación es un paradigma del equilibrio y la sobriedad. Su cuerpo se lo agradece brindándole una salud y una sensación de bienestar constante. Ya no recuerda un dolor de estómago, una indigestión o un dolor de cabeza.
Se sentó al borde de la cama y buscó las pantuflas ordenadas simétricamente al centro de la bajada de cama. Se enfundó en ellas y se puso de pié. Tomó aire, lo retuvo y lo soltó muy suavemente, tomándose el tiempo para poner en funcionamiento su cerebro, forzándose a recordar algunos compases de alguna melodía clásica o algún trozo de cine. Amaba el cine. Caminó hacia el baño y entró. Su ducha se encendía automáticamente y casi enseguida sintió el agua a la temperatura correcta: tibia.
Sólo escuchaba el sonido del agua cayendo en la losa. Sabía que unos minutos después el televisor de la cocina iba a encenderse según programación y estarían mostrando noticias. Afortunadamente no tenía servicio doméstico. Era feliz dependiendo sólo de él. Su desayuno debía prepararlo él. Sólo encontraba delicioso lo que preparaba él. Nadie más.
El café era un pequeño desliz permitido entre tanto equilibrio. Lo complementaba con pan integral levemente tostado, sólo por un lado, aquel en que deslizaría una delgada película de mermelada sin azúcar sobre la cual acomodaría una tajada de queso fresco descremado. Un tazón de leche tibia, un vaso de jugo, naranja tal vez o piña, un poco de avena natural cruda y tal vez un poco más de café.
Las noticias eran intrascendentes, sólo lo mismo de siempre, indicadores de bolsa, valores de cambio, alzas o bajas de precios, accidentes, trasplantes, manifestaciones, hallazgos científicos, eventos artísticos. La pantalla plana mostraba nítidos colores, eficaces animaciones digitales, estudiados ángulos, cuidados enfoques, elaborados movimientos de cámara. Los comerciales chillones le sacaban una mueca de fastidio y su consecuente cambio de canal. Miraba la pantalla con aparente atención mientras sorbía el café o se llevaba un trozo de alimento a la boca. Todo en la pantalla le dejaba el sabor de más de lo mismo. No le decían nada que ya no supiera. No lo informaban. Sus opiniones políticas eran muy transparentes y equilibradas, afinadas ya por años de reflexión y empírica observación de la realidad. Todo confirmaba sus teorías. El mundo, como la especie humana, avanzaba y retrocedía, eso era todo. Todo se resumía sólo a esa fórmula. ¿cuánto avanzaba?, ¿cuánto retrocedía? Sólo eran matices de la misma luz que pasaba por distintos prismas. Cuando era presionado, se decía de izquierda. Aunque ya los conceptos poco significaban para él y todo afán reformista había sido prudentemente estacionado para los momentos místicos que creía tarde o temprano llegarían, pero los cuales no tenía mucho entusiasmo en acelerar.
La corbata encajaba a la perfección, anudándose armoniosamente en su cuello, en medio de los perfectos triángulos del cuello de su camisa de seda. Un leve tirón, como para equilibrar la presión justa que no lo hiciera parecer haberse vestido a la rápida o lo dejara sin respiración. El espejo le devolvió un resultado altamente satisfactorio al análisis del conjunto. Solapas delicadamente rectas, lisas, suavemente texturizadas por la calidad del tejido; botones en su exacto sitio, combinación de matices y tonos con un elevado sentido del buen gusto, fruto de años de experiencia y estudios. Evaluó su rostro, armonioso, limpio, dientes perfectos y cuidados, Sus ojos. Sus ojos penetraban profundo, era la opinión de muchos, mujeres sobretodo, que en la oficina se peleaban por ser quienes le fueran a entregar un documento o a preguntar la hora de tal o cual reunión. ( el hombre no te mira, estaciona sus ojos en ti, no es lo mismo … ). Sus pupilas aumentadas debido a la perfectamente regulada atenuación de la luz ambiente en el vestidor. El piano de Debussy apenas inundaba toda la estancia. El equipo estaba programado para encenderse y ejecutar el preciso protocolo de selección de la música mp3 guardada en la memoria, a la ocho de la mañana, cada día de la semana laboral. No era millonario, pero sí había conseguido, luego de años de esfuerzos, aquel nivel económico que le permitía esa forma de vida, cómoda, regulada, ordenada. No tenía hijos, esposa, padres. Sólo un par de amigos compartían sus gustos y animadas charlas a la hora del pub. Vivía sólo en un departamento espacioso, sobrio, cómodo, ordenado y limpio. Decorado con gusto, sólo un par de obras de valor artístico, el resto sencillo, único, exclusivo. Tonos cálidos y acogedores, los espacios invitaban a quedarse, a pensar, a sentirse a gusto. Sillones cuya comodidad seducía por presencia. Rincones tenues y serenos, libreros con mucha literatura clásica mezclada con ciencia ficción, filosofía, arte.
Sus manos cogieron la chequera de cuero donde se alojaban una pequeña cantidad de tarjetas de crédito de diversa naturaleza, una pluma que funcionaba perfectamente y desde la cual su firma fluía con un encanto plástico y enérgico que hacía la admiración de quienes habían contemplado ese momento ritual de la redacción y manufactura de algún cheque, una firma de cuenta de restaurante, una aprobación de presupuesto. Las llaves de casa, dispuestas, todas las necesarias para cuanta cerradura había en su departamento, no muchas por cierto, en un llavero redondo con el símbolo del yin y el yang .
- todo tiene su opuesto, que equilibra y da sentido, no puede haber bien sin mal, no puede haber luz sin oscuridad, ni dolor sin placer, ni amor sin odio… vida y muerte, valor y cobardía, libertad y esclavitud,… todo logra su equilibrio en el complemento eterno de los opuestos - .
Un gesto enérgico y las llaves vuelan medio metro hacia arriba, son aprehendidas cuando caen y van a dar al fondo del bolsillo de la chaqueta. La puerta ha quedado cerrada. Segundos más tarde el equipo interrumpe a Debussy y queda mudo. Silencio.
Caminar erguido, a paso firme, sin apuro, balanceando sus brazos sin desmedida. Buscando en punto de equilibrio de su cuerpo al desplazarse. La cabeza en alto, la mirada relajada, su boca esbozando una sonrisa. Todo su cuerpo exhala satisfacción, rasgo que no pasa inadvertido y muchas miradas se vuelven y aprueban, con mayor, menor o completamente disimulada admiración. Un millón de personas a las 8 y diez AM.
El todo terreno no lo usaba más que para los fines de semana, para salir a dar paseos en las montañas cercanas, contemplar paisajes, atardeceres en el mar, salir a hacer compras, capear alguna lluvia o para acelerar un poco en la moderna autopista freeflow y sentir, por unas cuantas decenas de kilómetros, el poderío de su motor de 270 caballos. Una que otra vez lo usó para dar vida a alguna cita erótica con alguna conquista casual, por lo regular alguna joven ejecutiva de la empresa o alguna desconocida del pub donde solía pasar unas horas a la semana. Ahí estaba el todo terreno, siempre limpio, bien mantenido, lustroso, poco uso y equipado con todo lo reglamentario y lo que exigía una sopesada conciencia de los riesgos a que se expone un conductor. Pasaba la semana estacionado en un box perteneciente al patrimonio condominial. Junto a él una bicicleta descansaba también, con la que a veces recorría el parque para hacer ejercicios.
Una atmósfera de seda producía en sus oídos el estudio en piano que escuchaba en su reproductor mp3 de bolsillo mientras caminaba por la céntrica calle en dirección a su oficina. Elegía caminar esa distancia, desde el departamento a la oficina, a pesar que en metro demoraría mucho menos. Elegía caminar para hacer ejercicio físico, para mirar a la gente y buscar los gestos callados y omnipresentes, pero ignorados, de la ciudad, que a penas subsistía en la jungla de cemento. Un árbol aquí, una planta decorativa allá. Un ramo de rosas que pasaba en manos de algún muchacho de reparto, unos ojos curiosos, unas manos que saludan, una falda que brevemente se abre y deja ver unas hermosas piernas, la llanta acerada de un auto que gira lentamente su moderno diseño, un aleteo de palomas, una risa lejana, brillos platinados, sombras elocuentes, sonidos lejanos.
"Al llegar al borde del precipicio, los corderos siguen a su líder – dijo el viejo que lustraba zapatos en aquella esquina – … si éste se tira … todos se tiran!" - agregó, mientras mostraba una dentadura horriblemente irregular que afeaba la franca y limpia risa de buenos días con que había lanzado la extraña sentencia. Lo conocía, le devolvió una sonrisa cómplice.
El almuerzo es a las doce y media, no antes, no después. Hay que ser ordenado en la alimentación. Muy poco, que no congestione el aparato digestivo, desde la boca al intestino grueso. Lo suficiente para que tu organismo recupere fuerzas, que equilibre los minerales perdidos, los carbohidratos que el cerebro requiere para seguir funcionando en forma regular, eficiente y equilibrada. Nada más. Lo demás es gula insensata,… y vulgar además.
La señal de avance de pisos en el ascensor marcaba una candencia regular. Números verdes en un fondo negro, todo rodeado de acero satinado y espejos, luz indirecta direccionada por acrílicos. Los rostros fríos y silenciosos que subían acusaban un tono pálido, respiraciones humanas, pequeños gestos, ojos que apuntaban, pequeños rictus, acomodamientos de anteojos, muletillas para llenar el incómodo entrecruzar de las áreas personales mínimas. El sonreía, tal vez en un débil afán de romper el hielo. Muchas empresas en el mismo edificio, pocos encuentros con colegas. Un cálido y suave tañido sintético anuncia la desaceleración y la apertura de las puertas metálicas. Pasos duros en el pasillo, que se suman a piernas, zapatos, bolsos, maletines, corbatas y anteojos ópticos que se entrecruzan en un animado ajetreo. Buenos días, cómo va todo? El respondía con estudiada y sincera cortesía. Sabía los beneficios de una semblanza amable, conocía de sobra los argumentos psicológicos para incrementar la productividad en un ambiente de trabajo grato y colaborador. Sus compañeros de trabajo apreciaban esa dedicación a la amabilidad más allá del deber. Pero él no confundía nunca las cosas, una cosa era hacer agradable el trabajo y otra la posibilidad de que esa actitud fuera confundida con afecto o amistad. Era difícil, no imposible, pero difícil que esa actitud generara una genuina amistad. A lo más lo había llevado a uno que otro encuentro sexual con alguna colega o alguna desconocida del pub, por cierto sin compromiso sentimental, sin recriminaciones, sin escenas, sin traiciones ni celos, sin marcos morales rígidos ni estereotipos. Sólo placer. Todo era trivial, relajado y saludable. No tenía problemas. Eran las 8:28 horas de la mañana.
Se sentó frente el computador. Abrió Messenger, aplicación de correo electrónico, explorador de Internet, enlace con la bolsa, planilla de cálculos con vinculaciones a bases de datos externos y empezó a jugar con ventas y compras de acciones. Hoy se haría rico.
El café a media mañana debe ser cargado y pequeño. Su receta personal incluía un poco de cacao amargo, una gota de vainilla y un palillo de canela flotando en el líquido negro. Lo ideal es tomarlo a 90 grados Celsius, nunca hirviendo, porque el café es muy sensible y se quema. Un buen truco consiste en dejar caer el agua en la taza haciéndola primero pasar por la cuchara que deberá estar fría. No se toma de inmediato, se hace reposar, se deja que los aromas intervengan en el aire de la habitación, que alcen su vuelo y floten hasta ser captados por las células olfativas y conecten al cerebro con los centros del placer. No es bueno tener flores frescas en una habitación donde se sirve café, el agresivo y sensual aroma del café engulle los efluvios frescos de las flores y ya no hay aroma de flores; pero tampoco es el mismo aroma del café, intenso y persuasivo.
Realmente no supo en qué momento la imagen del lustrabotas de la esquina empezó a circular por su cabeza. Fue entre las 9 y las 9 y diez de la mañana. Recordó su risa, su saludo, su sentencia. Despejó la mente y se propuso ir a verlo a mediodía. Tal vez necesitaba una buena lustrada.
Escuchar música, sólo por escucharla, no tiene sentido. Como no lo tiene ir al cine y salir de él sin recordar casi lo que se ha visto. Uno va al cine para integrarse a un mundo con códigos propios, una escala en un mundo extraño que debe causar al menos un cambio en nuestro interior, puede que te haga reír o te haga sufrir, no importa, no es esa la cuestión. No considerar útil las dos horas frente a una pantalla, si no se sale de ahí siendo otro. De igual forma, la música debe generar nuevas lecturas, nuevas directrices en nuestra pauta de evaluación sensorial de la pieza, como una nueva rama evolutiva, distinta cada vez, que genera otras especies en nuestras interpretaciones y nuestras conexiones sinápticas, dando forma así al árbol evolutivo de nuestra apreciación estética, fuente de maduración permanente y enriquecimiento de nuestro patrón cultural.
Me explico.
Sí – asintió su colega, golpeteando ligeramente el postformado marmóreo del escritorio con su pluma – pero no estoy de acuerdo. Yo voy al cine a olvidar la realidad, no quiero pensar, sólo pasar el rato.
Sí, sabía de la inutilidad de ciertas discusiones. El sentido de la cortesía le impedía increpar a su colega acerca de su superficialidad y la discusión terminaba allí. Dejaba sus elevados conceptos sobre los muchos temas que dominaba para ocasiones propicias, veladas con gente culta, círculos de opinión profesional, foros especializados y seminarios a los que acostumbraba asistir en su inveterado afán por saber siempre más, de lo que fuera.
A las doce en punto, luego de una mañana un tanto rutinaria, con sus eternos movimientos de avance y retirada en el ámbito de la bolsa de valores decidió dejar de trabajar. Como siempre, sólo hizo durante la jornada un par de pausas para estirar las piernas y realizar sus habituales ejercicios de relajación.
Hay que sentarse con la espalda firmemente pegada al respaldo del sillón. Éste debe tener apoyos laterales para los brazos, para que descansen mientras se realiza el trabajo sobre el escritorio o el teclado. Se debe retraer los hombros, estirar el mentón hacia arriba y girar levemente la cabeza hacia un costado, luego hacia el otro. Luego inclinarla hacia delante y otra vez mirar hacia arriba. Todo esto cuidando de no ejercer presión sobre los músculos del cuello, sino más bien con movimientos naturales y suaves. Luego hay que ponerse de pié y de frente al escritorio, apoyar ambas manos en el borde y hacer pequeñas flexiones hacia delante y luego retomar posición. Separar las piernas y doblar levemente las rodillas, esto distribuye una buena circulación linfática y promueve la relajación. Finalmente hay que caminar por el espacio de trabajo, pasillos contiguos, módulos o boxes de trabajo y compartir alguna broma o cháchara futbolística con algún colega. Volver a trabajar, luego de eso, es garantía de un regular rendimiento. No hacerlo es disminuir hasta en un 20 % la capacidad de trabajo o de concentración, por causa de la fatiga acumulada.
El notebook lucía estilizado y solitario sobre el escritorio, el pequeño Mouse óptico yacía inmóvil a un costado. En un vaso a medio vaciar burbujeaba aún un poco de agua mineral. En la pequeña pantalla plana un cursor parpadeaba sobre la línea de ingreso de texto en la página inicial del google tras las palabras " mil razones para …" … en la esquina inferior derecha un reloj digital indicaba las 12:16.
…
El periodista inquirió a la secretaria que aún no salía del estupor y el rostro desfigurado por el horror. No sé, todo fue muy rápido. De pronto se puso de pie, todos creímos que iba a hacer sus ejercicios, como solía hacer varias veces por la mañana. No le dimos importancia. Caminó hasta las ventanas y abrió una. Se subió y saltó.
Pero, me disculpará, … fue así, tan repentino?
Así fue.